Presentación de Juan Ramón Martínez Elvira en Úbeda

Por el gran interés que pueden tener para los lectores de SOMNIUM IACOB DE ALONSO DE VANDELVIRA,  a continuación se reproducen íntegramente las palabras de presentación de Juan Ramón Martínez Elvira en el acto celebrado en el auditorio del Hospital de Santiago ubetense el día 11 de noviembre de 2016.

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Hace unos días le pedí a Melchor que me enviase su currículo para que yo pudiese exponer aquí, siquiera fuese sucintamente, su amplia trayectoria. Al recibirlo, veo sorprendido que lo primero que indica es que fue alumno mío en la Sagrada Familia de Andújar durante seis años, justos los que van desde primero a sexto de la EGB.

Está claro que esta circunstancia no va incluida en el currículo habitual de Melchor y que si la incluyó fue para que yo la recordase en este momento. Cosa totalmente innecesaria, ya que hoy, por encima de la satisfacción que me produce el que se presente esta gran obra suya en Úbeda, sobresale mi orgullo por haber sido maestro de tan aventajado alumno. Tan aventajado, que hoy es Arquitecto Técnico por la Universidad de Granada y Arquitecto por la de Sevilla, estando especializado en Patología de Estructura y Cimentación de edificios.

De manera que, hasta el momento, además de numerosos proyectos de edificios de nueva planta, lleva redactados y ejecutados o en fase de ejecución 27 proyectos de recalce de cimentación y refuerzos estructurales para los más diversos clientes.

A modo de ejemplos, tan solo diré que en el último año destacan el recalce de cimentación y refuerzo estructural de la iglesia de Santa Marina en Andújar, cuyo proyecto se ha redactado siguiendo sus directrices; el recalce de cimentación del Ayuntamiento de Lupión y la consolidación estructural de la iglesia parroquial de Santa Catalina, en La Solana, Ciudad Real, monumento declarado Bien de Interés Cultural, cuya obra está a punto de comenzar.

Melchor Madrid ejerce su trabajo por toda Andalucía, con incursiones en Extremadura y Castilla la Mancha, desde su estudio ubicado en Sevilla, por el que han pasado como colaboradores en todos estos años hasta 10 jóvenes arquitectos, entre los que hay que destacar a Ignacio García Molíz, coautor de los magníficos dibujos de Alonso y Juan que se incluyen en el libro.

Con Melchor, desde luego, no se cumple aquel dicho de que “uno no es de donde nace, sino de donde pace”. Melchor nació en Úbeda porque así lo quisieron sus padres, ubetenses también de hondas raíces. Pero ya lo hemos visto: su vida ha transcurrido por distintos lugares de la geografía andaluza y su paso por la ciudad que le vio nacer siempre ha sido corto, de breves estancias. Y sin embargo, Melchor se ha imbuido de las esencias ubetenses y se ha decantado abiertamente por su patria chica. Y esto, no sólo de una manera afectiva y sentimental sino volcando en ella su aguda capacidad intelectual, hasta el punto de sacar a la luz este denso volumen que gira en torno a la estrecha vinculación de Vandelvira con Úbeda.

Casualmente, este viejo maestro suyo siempre defendió esa misma atadura cordial y hasta devota del cantero para con esta ciudad.

Un día lejano, muy lejano ya, accedí al testamento del arquitecto de Alcaraz en el libro de Chueca Goitia que guardo como preciado tesoro. Allí se decía que el cantero vivía en la calle de Cózar, donde tenía dos casas que lindaban respectivamente con un tal Pedro del Pozo y con el sastre Juan Martínez. Sentí la necesidad de averiguar en qué calle ubetense pudo vivir el célebre maestro de cantería, puesto que aquella de Cózar me era totalmente desconocida. Y grabando a fuego en mi flaca memoria los nombres de estos dos vecinos colindantes me puse a buscarlos con suma paciencia en los padrones del archivo ubetense. Cuando me tocó mirar en San Pablo descubrí, por fin, que había un Pedro del Pozo y un Juan Martínez pero no en la calle de Cózar ¡sino en la del Losar! Las complicadas grafías de los escribanos de entonces habían causado la confusión entre Losar (así, con erre final) y Cózar. Era evidente que quien había realizado la transcripción del testamento no era de Úbeda. A partir, pues, de ese momento, los diversos protocolos notariales de la época vinieron a confirmar que, en efecto, Vandelvira tuvo dos o tal vez tres viviendas, todas seguidas, en la acera de esa calle del Losar correspondiente a su collación, es decir, en el lado izquierdo según bajamos hacia el arco mudéjar. De ellas, una era la de su morada, la otra u otras estaban destinadas al arrendamiento.

Varias propiedades más -éstas, rústicas- adquirió el maestro a lo largo de su vida: un olivar junto a la cantera de piedra, un haza en el Zarahizejo, una cantera comprada a Andrés Ruiz de Milla, etc. En definitiva, un nutrido patrimonio que queda definitivamente explayado en ese su testamento.

Es lógico pensar que todos esos bienes -aparte del mucho trabajo que aquí se le ofertaba- amarraron a Vandelvira a nuestra ciudad. Pero tal vez esta visión peque de materialista. También se debe pensar que hubo otras razones. La más importante quizás, la de que Vandelvira, en aquellos paseos domingueros en compañía de Luisa de Luna, su mujer, y de sus hijos (Alonso, entre ellos) veía cómo su obra y sus diseños estaban convirtiendo a la sombría Úbeda medieval en un vergel renacentista.

Quizás se justifique así que aunque en 1558 aparezca en los documentos como vecino de Jaén (por lo que en su nombre es el pintor Alonso Ortega quien arrienda una de sus casas), bien pronto, entre 1562 y 1565, vuelva a verse vecino de Úbeda. Y eso, pese a que le habían nacido los dos hijos postreros en Jaén.

Como explica nuestro presentado en su libro, sería ya en 1566 cuando, por imposición del cabildo catedralicio, fija su residencia en la capital del Santo Reino. Pero sin la familia. Luisa quedaba enferma en Úbeda. Y así llegamos al 3 de septiembre de 1568 en que con la testificación del cantero Pedro de Gorostiaga, Luisa de Luna dicta en Úbeda su codicilo manifestando el deseo de ser enterrada en su parroquia de San Pablo, en la sepultura del ya citado pintor Alonso Ortega (la capilla donde actualmente la cofradía de la Oración en el Huerto venera a sus imágenes).

Curiosamente, esta cláusula se cerraba con el mandato de que su cuerpo se quedara allí en aquel enterramiento “hasta tanto que el dicho Andrés de Vandelvira mi marido venga a esta ciudad y disponga de él a su voluntad”. Palabras inusuales en una resolución de este tipo y que abren claramente la posibilidad de ser cierta la teoría de nuestro autor, teoría (tal vez sea mejor decir convencimiento) que ustedes conocerán al término de la lectura de su libro.

Podríamos pensar con Melchor que la enfermedad de su mujer impidió a Vandelvira trasladarse a Jaén con toda la familia y “levantar” su casa de Úbeda. Parece lo más natural.

Pero cuando muere ella, el viudo no intenta en momento alguno mudar su casa a Jaén, en donde continuó viviendo de alquiler, cuando lo más normal hubiese sido que adquiriese vivienda propia. Su casa-casa siguió siendo la de Úbeda hasta el momento de su muerte. De ella y de la otra (la que estaba en la delantera de la principal) hace referencia en su testamento poniendo como colindantes a los ya referidos convecinos.

Por esto, nos parece de suma evidencia la íntima conexión de Vandelvira con la ciudad que le dio sus más prósperos y felices días. Lo mismo expresa Melchor en su libro, como ya se ha dicho. Sin embargo, Melchor va más allá y establece esa relación fuera de la vida terrenal, de modo que la pone en el más allá, traspasado el umbral de la muerte, prolongándola en la eternidad a la espera del Juicio Final.

Con tal tesitura se cierra el periplo del gran cantero; periplo que no recorre él sino que va a ser narrado por boca de su hijo Alonso y del hijo de este, Juan. A través de una trama novelesca, donde la intriga parte y se centra en el bíblico sueño de Jacob (Somnium Iacob) las indagaciones de hijo y nieto, sus conjeturas y sus raciocinios, nos acercarán en fantástico zoom a la obra de Vandelvira desde la interpretación más profunda, desde la explicación más sutil, desde la más desbordada imaginación. Nada escapa a la profunda mirada de Melchor, que nos hace contemplar esos viejos monumentos como algo totalmente nuevo e inédito, bien por sus concomitancias con el otro sueño, el de Polifilo, bien por el descubrimiento de identidades que permanecían ocultas o falseadas.

Si a esto sumamos unos precisos y preciosos dibujos que nos hacen olvidar que existe la fotografía, el resultado no puede ser más afortunado.

Termino ya. Tuve la suerte de gozar de este libro cuando aún no era más que un proyecto, un grueso montón de folios cogidos con gusanillo, adelanto y premonición de este hermoso volumen que hoy se presenta en Úbeda. Les aseguro que ya desde aquel momento quedé convencido de la trascendencia y utilidad que tanto para el ciudadano corriente como para el estudioso de la arquitectura iba a tener este libro.

Sólo me queda, por tanto, felicitar a Melchor y a cuantos han hecho posible que esta obra vea la luz. Y como simple ubetense, darle las gracias por esta aportación tan importante para el conocimiento del arte de esta ciudad a la que Melchor y yo adoramos.

Eso es todo.

Juan Ramón Martínez Elvira
Úbeda, 11 de noviembre de 2016